-Mira lo que tengo.
-Una piedra. Qué bonita.
-No es una piedra, es cuarzo rosa.
-Qué bonito tu cuarzo rosa.
Hasta ahí, una conversación normal. Si la hubiera mantenido con mi hija de cinco años. Pero mi interlocutora había aprendido a leer hacía más de cuarenta, la inocencia no entra en la ecuación.
Vale, mi interlocutora no tiene una conversación muy apasionante. Eso no sería motivo para escribir una entrada en el blog. Pero sí lo que siguió.
-No es una piedra. Tiene propiedades.
-Mira qué bien, una piedra capitalista.
-No, de esas no. Atrae el amor y cura los riñones. ¿No es increíble?
-Desde luego.
-¿Verdad?
-No, literalmente. Que es increíble. Que no se lo cree nadie, vamos.
(Mi interlocutora me mira con una mezcla de compasión y desprecio).
-Hijacómoeres. Has perdido la capacidad de maravillarte.
Y se fue, muy digna, con su piedra, sus riñones protegidos y sus príncipes azules en el horizonte.
Me dejó pensando, mi crédula amiga (bueno, aclaro, no tan amiga). No sobre la gemoterapia, las propiedades del cuarzo o lo cursi que es el rosa, sino sobre mi supuesta pérdida del sentido de la maravilla. Y me recordó otra conversación delirante de hace ya bastantes años.
No sé si se acordarán de un viejo anuncio de un reproductor de vídeo (yo no recuerdo la marca, sorry). En él aparecía a una pareja viendo una peli protagonizada por Humphrey Bogart. En un momento dado, para sugerir la nitidez de la reproducción, el chico se convertía en el mismísimo Bogart, y le pasaba el brazo por encima del hombro a la chica. Hasta aquí los antecedentes, ahora va la conversación.
-Han sacado un vídeo nuevo.
-Ah. ¿Qué tiene de nuevo?
-Estás viendo una peli y se te pone la cara del actor.
-¿¿¿???
-Eso, que según la peli que metas tu cara se convierte en la del prota.
Fin de la conversación (poco se podía añadir). Lo curioso del caso es que mi interlocutor lo comentaba como si tal cosa, en plan “mira qué divertido, las cosillas que inventan”. Para nada estaba sorprendido, ni asombrado, ni desconcertado, ni desde luego maravillado ante tal prodigio de la técnica.
¿Y soy yo la que ha perdido la capacidad de maravillarme? Enga ya, nenes…
Lo malo de seguir creyendo en los Reyes Magos más allá de los siete años, y donde dice Reyes Magos léase ovnis, yetis, ouijas, espíritus, fantasmas, telépatas, curanderos, brujos, adivinos, etc… es que las tragaderas se te hacen cada vez más amplias. Por donde ha entrado el Monstruo del lago Ness cabe sin problemas una pulsera que quita el reúma, es cuestión de ancho de vía.
Y cuando tus tragaderas se han acostumbrado a bocados de semejante tamaño, ya no basta cualquier cosa para impresionarte. Los crédulos ni se inmutan si aparece alguien diciendo que ha visto al yeti en la cima del Himalaya. Ni si dice que lo ha visto al pie del Himalaya, o en un tren de cercanías que pasa por un poblado del Himalaya. Se lo creen, pero no se maravillan. Para maravillar a los crédulos de tragaderas tan amplias ya no basta con un yeti de nada, necesitan al menos una tribu de yetis vestidos de nazis bailando la conga por la Quinta Avenida. De ahí para abajo… como lo del vídeo que transforma tu cara en la de Bogart. Poca cosa.
Así que, querida no tan amiga del cuarzo rosa, yo sí tengo capacidad para maravillarme. Lo que pasa es que me maravilla la idea de un rastro de agua en Marte o la posibilidad de inyectar fármacos para regenerar un hueso roto, cosas que a ti te parecerán de lo más vulgares (ya lo sé, es difícil competir con una piedra multitarea que te quita los cálculos renales y te consigue novio al mismo tiempo). Pero no me compadezcas. Si algún día aparece una uña del yeti, yo estaré total, sincera, genuinamente extasiada. A esas alturas, tú para sorprenderte necesitarás al yeti entero y a su podólogo haciendo taichí en la Atlántida con trajes de falleras. Como mínimo.